Le
llamaban, por mal nombre, "coll de pava" debido al gran parecido que
tenía su cuello con el de esta ave doméstica. Era un cuello delgado y largo,
con pliegues, que parecía balancearse sobre sus hombros. Su cabeza era pequeña,
con pelo gris que peinaba con raya al lado. Los ojos grises, fríos, huidizos.
La boca fina, que no parecía estar hecha para la sonrisa.
Su
nombre era Antonio Server y ocupaba el cargo de conserje del cementerio de
Alicante. Vivía, con su mujer, en una dependencia situada a la entrada, que
constaba de una cocina amplia que hacía las veces de comedor y dos cuartos ; el
más grande era el dormitorio del matrimonio y el otro, más pequeño, tenía una
cama vestida con una colcha de flores, muy alegre, y un pequeño tocador sobre
el cual descansaba una vieja radiogramola. Esta había sido la habitación de su
hija Carín hasta que la pobre falleció.
El trabajo de Server
consistía en atender al público, llevar el registro de las defunciones en un
libro en el que figuraba la fecha del óbito y el número del nicho
correspondiente. A las ocho de la mañana abría las puertas de la verja y, por
la tarde, cuando empezaba a ocultarse el sol, hacía sonar una pequeña campana para
avisar a la gente que faltaba poco para cerrar las puertas.
Una
vez cerradas las puertas del cementerio, Server salía a la plazoleta y entraba
en una pequeña tasca. Era la tasca de su amigo Moisés García Bernabeu. Allí le
esperaba éste ante un tablero de ajedrez y daba comienzo la partida de todos
los días. No eran grandes jugadores pero el juego les servía de descanso y, al
mismo tiempo se contaban los sucesos de su juventud. Moisés era de la misma
edad que Server. Ambos habían estudiado en "La Escuela Modelo" que
estaba regentada por la familia de los Albricios y era de orientación
evangélica; contaba con buenas instalaciones (gimnasio, un pequeño teatro, un
patio amplio, etc.). Desde el punto de vista religioso no influyó en la
formación de los dos amigos.
Moisés
tenía la particularidad de que no podía ocultar un estado de jocosidad
producido por cualquier cosa que le hiciera gracia. Y es que el sentido del
humor se puede manifestar interiormente (y entonces aparecen unas chiribitas en
los ojos y quizás un amago de sonrisa) ó externamente (y se manifiesta con
ruidosas carcajadas o con movimientos incontrolados de los hombros). Pues bien,
cuando Moisés no podía contener su estado de hilaridad, movía espasmódicamente
los hombros, arriba y abajo. Esto ya le causó problemas con un profesor de la
escuela que se llamaba don Lincoln, el cual cuando advertía el movimiento de
los hombros de Moisés, se acercaba a él, lo cogía por las patillas y lo
levantaba un palmo del suelo ante los gritos de dolor del muchacho.
Server,
cuando terminó su formación, hizo oposiciones al Ayuntamiento y ganó la plaza
de conserje del Cementerio Municipal de Alicante. Moisés, heredó el bar de su
padre y se dedicó a esta profesión. La casualidad hizo que el trabajo de los
amigos, dada su proximidad, los uniera todavía más. Finalizada la partida de
ajedrez, Server volvía a casa, donde su mujer, María, le había preparado ya la
cena. Procuraba retrasar todo lo posible el momento de ir a la cama y, cuando
ya no podía más, se acostaba y dejaba caer pesadamente su cabeza en la almohada
y quedaba dormido. Todas las noches se despertaba jadeante, tembloroso y con
una opresión en el pecho que le obligaba a sentarse al borde de la cama.
Siempre
era el mismo sueño: veía a su hija Carín recostada sobre la mesa de la cocina,
con el cabello empapado en sudor, la cara muy blanca y los ojos abiertos, sin
vida, sin brillo y aparentemente faltos de pupilas. Era una mirada vidriosa,
preagónica. Desde su vientre bajaba un reguero de sangre hasta el suelo mientras
unas manos sarmentosas, con las uñas negras, trataban de contener la hemorragia
con sábanas y toallas que se iban amontonando en una gran jofaina.
A
pesar del tiempo que trabajaba en el cementerio todavía resonaban en su cabeza
las paletadas de tierra que caían sobre el féretro de su hija. Luego, se
calzaba las zapatillas y entraba en el cuarto de Carín. Automáticamente le daba
cuerda a la radiogramola y dejaba caer con cuidado la aguja sobre el disco de
pasta. Era siempre la misma copla: "La hija de Juan Simón",
interpretada por Angelillo:
“Era Simón en el pueblo el único
enterrador.
Todo
el mundo le pregunta, “¿De dónde vienes Juan Simón?”
“Soy
enterraor, soy enterraor y vengo de enterrar mi corazón.”
Esta
copla le producía, de inmediato, una gran paz mientras las lágrimas resbalaban
lentamente por sus mejillas y volvía a la cama. Su mujer le acariciaba la
espalda y le susurraba: "Duérmete, cariño, duérmete" y, luego lo
tapaba amorosamente con la sábana.
.........................................................................................................
Cuando
Carín les anunció su noviazgo con “el Señorito”, trataron de quitarle la idea
de la cabeza. “Mira que eres todavía una niña... Mira que esa gente sólo quiere
aprovecharse... Mira que no son de nuestra clase...” De nada sirvieron sus
advertencias. Carín con sus 17 años, era una muchacha muy linda: morena, con el
pelo lacio y largo, con un flequillo ladeado, alta y muy bien formada. Pero,
sobre todo, era su cara lo que llamaba la atención con ojos grandes, rasgados y
la boca de labios finos y unos dientes blancos y perfectamente alineados.
El “Señorito” se
llamaba Martín y tenía 20 años. Estaba afiliado a Falange Española, un partido
político de derechas fundado por el hijo del dictador Primo de Rivera, José
Antonio. Estudiaba segundo curso de medicina en Valencia y, por este motivo,
sólo se veían en vacaciones aunque él le escribía unas cartas muy bonitas que
ella leía con avidez cinco o seis veces al día.
Fue en el mes de
junio, a final de curso, cuando Martín volvió a Alicante a disfrutar las
vacaciones de aquél verano de 1936. Parecía que sus relaciones iban a una
velocidad de vértigo. Sus escarceos amorosos eran cada día más ardientes; ya no
bastaba la oscuridad de las salas de cine. Algunas tardes, subían en el tranvía
de Vistahermosa y, paseando, llegaban hasta un pequeño chalet que los padres de
Martín tenían en la playa de la Albufereta. Allí se les hacían las tantas y
corriendo, regresaban a Vistahermosa para subir al tranvía que los devolvía a
Alicante.
Eran
los últimos días de junio y primeros de julio cuando Carín, temblorosa,
comunicó a Martín que la regla se le retrasaba ya casi dos meses. Éste trató de
tranquilizarla pero, a partir de entonces, empezó a mostrarse distante y frío.
De
pronto, inesperadamente, la insurrección franquista en África. Martín y su
familia, al comprobar que Alicante había permanecido fiel a la República,
desaparecieron de la ciudad sin despedirse de nadie. Fueron días de
desconcierto. El pánico se apoderó de la ciudad. Empezaron las represalias, los
“paseos” y las “sacas”..
Carín
esperaba noticias de su novio, que no llegaban nunca, mientras en sus entrañas
se iba formando un nuevo ser. Empezaron los vómitos, las desganas, y, sobre
todo, la angustia por no saber el paradero de Martín, por no tener noticias
suyas. Martín había llegado a Salamanca con su familia y allí se incorporó a la
bandera de Falange. No hizo nada por contactar con su novia y pronto la olvidó.
Los padres de Carín, viendo el estado en que había quedado su hija y
sabiendo que Martín, cobardemente, había escapado a Salamanca para incorporarse
al bando rebelde, no iba a hacerse cargo de la criatura, decidieron echar por
la calle de en medio y recurrieron a una matrona del barrio de La Florida que
tenía fama de resolver este tipo de entuertos. El resultado no pudo ser peor y,
tanto Server como su mujer, quedaron con el hondo pesar de la pérdida de su
hija y con un rencor profundo hacia Martín y los de su clase.
José Antonio Primo de Rivera, había
fundado el partido Falange Española en 1933, después de contar con el apoyo
financiero de las derechas. En noviembre de 1933 obtuvo un escaño en las Cortes
como diputado monárquico por la provincia de Cádiz. Destacó por sus extraordinarias
dotes oratorias, no exentas de radicalismo y espíritu pendenciero. Más tarde,
por discrepancias con los católicos de derechas, Falange Española quedó
marginada del Frente Contrarrevolucionario y José Antonio se presentó en
solitario, como candidato por su partido, a las elecciones de febrero de 1936,
con un rotundo fracaso.
Después de las elecciones, Falange Española dejó ver
claramente su ideología fascista y la violencia callejera estuvo muchas veces
protagonizada por sus militantes cuando no por el mismo José Antonio. Era la
dialéctica de los puños y las pistolas. (Más adelante, estando ya en la cárcel
de Alicante, un reportero norteamericano le hizo una entrevista en la que José
Antonio declaró: “... mis muchachos habrán podido matar, pero después de haber
sido atacados”).
Uno de los incidentes más sonados fué el intento de
asesinato, por unos falangistas, del diputado socialista y catedrático de
Derecho, Luis Jiménez de Asúa. En este atentado murió su guardaespaldas y
durante el entierro hubo incendios de iglesias y del diario "La
Nación", cuya simpatía por Falange Española era bien conocida.
El 14 de marzo, a raíz de estas luchas
callejeras, José Antonio y los principales jefes de Falange fueron detenidos y
el partido fué declarado ilegal. Se les acusaba de haber inducido a la
violencia y al matonismo de que había hecho gala en los primeros meses de aquél
infortunado 1936. Para evitar un intento de fuga y alejarlo de Madrid fué
trasladado a la cárcel de Alicante y, desde allí, junto a su hermano Miguel,
contribuyó a la sublevación del 18 de julio.
Franco, que ambicionaba el poder
personal y que, tras ser designado "Jefe de Gobierno", ansiaba
proclamarse "Jefe del Estado", no movió un dedo para intentar
rescatar a José Antonio de la prisión, a pesar de los intentos rocambolescos
que le proponían los falangistas. Cada día se convencía más de que, si José
Antonio era liberado y aparecía por la zona nacional, sería un grave obstáculo
para sus planes personales.
Ya lo había intuído el sagaz periodista
norteamericano, Jay Allen, quien en una entrevista al general Franco,
sorprendido por su baja estatura, “asombrosamente pequeña”, sentenció: “Otro
enano que quiere ser dictador”.
El día 16 de Noviembre de 1936, José
Antonio fué juzgado por un Tribunal popular que le acusó de sublevación militar
y pidió para él y su hermano Miguel la pena de muerte.
Fue un proceso absolutamente regular,
con todo tipo de garantías que en esos momentos faltaban en toda España, tanto
en la zona nacional como en la republicana. Los magistrados condenaron a José
Antonio a la pena de muerte pero su
hermano Miguel sólo fué condenado a
cadena perpetua.
Aunque José Antonio solicita que se le
conmute la pena de muerte por cadena perpetua, no se accede a su petición.
En las primeras horas del 20 de
noviembre, José Antonio es conducido al lugar donde será fusilado, en el patio
5 de la prisión. Las celdas que daban sobre el patio fueron desalojadas el día
de antes con objeto de que los reclusos no presenciaran la ejecución.
José Antonio será pasado por las armas
junto con otros condenados más: dos requetés y dos falangistas de Novelda.
Tenía treinta y tres años.
Vestía, en el momento de la ejecución,
un mono azul, chaqueta gris y un elegante abrigo sobre los hombros. Un
miliciano de la FAI, apellidado Toscano, que le había conseguido un sacerdote
para sus últimos momentos, le pide el abrigo y José Antonio se lo entrega
diciendo: "Tómalo ahora, que es una lástima que lo agujereen las
balas".
Los seis milicianos designados para
cumplir la sentencia disparan y cae el primero José Antonio Primo de Rivera.
Fue enterrado, junto con los otros cuatro fusilados, esa misma mañana del 20 de
noviembre. Con objeto de que se pudieran distinguir sus restos el día de
mañana, éstos fueron depositados en el fondo de una fosa común, "con la
cara vuelta hacia tierra, colocado en un ángulo de la sepultura, con dirección
Este, a unos 20 metros y 40 centímetros de profundidad". Quedó inscrito en
el libro 4 de Registros con el número 22.405, fosa 5, fila 9, cuartel 12. Estos
datos son comunicados por el conserje del cementerio, Sr. Server, al presidente
de la Audiencia de Alicante.
Para evitar el desánimo en las filas falangistas, Franco,
astutamente, ocultó la muerte de José Antonio hasta tener asegurado el triunfo
de la sublevación. Desde entonces se aludía al Jefe de Falange como "El
Ausente" ya que, para sus incondicionales partidarios, la desaparición de
su líder era metafísicamente imposible ya que, aunque estuviera muerto, su
espíritu sobrevivió por mucho que le pesara a Franco.
La
noche del 28 de noviembre de 1936, ocho días después del fusilamiento de José
Antonio, Alicante fué bombardeada durante unas horas por la aviación
franquista. Aunque oficialmente no se constató ninguna víctima, lo cierto es
que, al día siguiente, llevaron al cementerio el cadáver de un individuo de
raza negra, muy conocido por su afición a la bebida. Le llamaban el negro Yoma
y no tenía parientes, ni nadie sabía como había llegado a Alicante. De estatura
mediana, de unos 35 años de edad y de complexión atlética, era frecuente
encontrarlo tirado en algún banco de la Explanada ó en un portal durmiendo su
borrachera con una botella de vino junto a él.
Server
anotó en el Registro la fecha del entierro y la fosa común que, casualmente,
era la misma en que estaba el cadáver de José Antonio. Esa misma noche, ya
terminado su trabajo, Server fué a la tasca de su amigo Moisés. Sin embargo,
esta vez, le hizo una seña para esperarlo en una mesa apartada de los pocos
clientes que quedaban en el bar. Mientras Server hablaba, los ojos de Moisés se
iban iluminando, su boca esbozó una sonrisa que acabó con una sonora carcajada
y el consiguiente movimiento de hombros, arriba y abajo.
Cuando se quedaron a solas, Moisés cerró la puerta de la tasca y
acompañó a su amigo hasta el cementerio, donde se adentraron sigilosamente,
hablando muy bajito pero con paso decidido.
Una vez ganada la batalla del Ebro,
Franco ya se sabía vencedor y, sólo entonces, se decidió a anunciar de modo
oficial la muerte del "Ausente". Fue
poco antes del 20 de noviembre de 1938. ¡Dos años tardó el dictador en
notificar tan importante acontecimiento!
A partir de entonces, el
hombre de carne y hueso que había sido José Antonio se convirtió en un mito,
casi una divinidad. El historiados PAYNE lo llama "Santo Patrón del
Régimen" y sus escritos, previamente seleccionados por los intelectuales
franquistas, eran considerados la "Biblia del Movimiento". Franco
consintió que se glorificara su memoria ya que, una vez muerto, José Antonio no
podía hacerle perder el culto a su personalidad que se estaba forjando.
Desde
finales de 1936 hasta mediados de 1938 los bombardeos sobre Alicante se
hicieron cada vez más duraderos y más frecuentes. Se construyeron en la ciudad
una red de refugios distribuídos por los puntos más poblados y, cuando las
sirenas anunciaban alguna incursión de la aviación enemiga, las gentes corrían
hasta ellos provistos de ropa de abrigo y algún alimento. Allí permanecían
hasta que los aviones, cumplida su misión, se retiraban hacia sus bases. El más
trágico y cruel de estos bombardeos fué, sin lugar a dudas, el del 25 de mayo,
a las once de la mañana. Una escuadrilla de nueve aviones de las fuerzas
nacionales, bombardearon el Mercado Central de Alicante. Entraron por el puerto
y descargaron noventa bombas sobre la lonja de frutas y verduras. Murieron
entre 250 y 300 personas, ninguna de ellas militar. La investigación realizada
por una comisión británica dictaminó que se trató de un ataque deliberado sobre
la población civil.
Esa
misma mañana, María, la mujer de Server había ido al Mercado para hacer la
compra, cuando, al oír las sirenas que avisaban de un posible bombardeo, corrió
a refugiarse en un edificio cercano que llamaban "casa de la
marquesa". Allí se encontró con dos amigas que decidieron salir de allí
hasta el refugio más próximo. María se sentía segura en aquel lugar pero, por
desgracia, una de las bombas estalló muy cerca y la metralla acabó con su vida.
Cuando
las tropas victoriosas de Franco entraron en Alicante, los servicios de
inteligencia se afanaron en localizar al fundador de la Falange. Una comisión
formada por el gobernador civil (el falangista alicantino José Mallol
Alberola), Javier y Pilar Millán Astray, Miguel Primo de Rivera (hermano de José
Antonio), su primo Miguel y algunos altos cargos de Falange, se presentaron
ante el conserje del cementerio instándole a declarar el sitio donde estaban
los restos del Fundador. Server, aparentando mucha calma pero con mucho miedo
interior, buscó con cuidado en el libro de Registros la fecha del enterramiento
y el número de la fosa común, acompañándoles hasta allí. Un albañil con gorra
de plato procedió a levantar la pesada losa con ayuda del conserje. A
continuación se procedió a retirar con una pala, la tierra que cubría los
cadáveres y, al descubrir los restos del Fundador, según las indicaciones tan
precisas del plano realizado por Server, izaron el cuerpo que fué identificado,
con mucha emoción por parte de las autoridades, como el cadáver de José Antonio
: la misma forma de la calavera, las ropas, las medallas que iban prendidas en
el mono y el crucifijo en la cintura. De pronto, apareció una mano negra,
momificada, que también fué identificada, ante el estupor del conserje, como la
del Fundador.
Pero
José Antonio era una figura demasiado importante para aparecer de esta manera y
decidieron fabricarle, con escayola, una huella en la fosa que, después de
vaciada de cadáveres, fué recubierta con un cristal ahumado muy grueso para que
los visitantes pudieran entrever lo que podía haber sido el hueco que dejó el
cuerpo del Fundador.
A
pesar de que el alcalde de Alicante y otros alcaldes de la provincia, hicieron
una propuesta para que el cadáver del Fundador no saliera de la ciudad, se
decidió trasladarlo al Monasterio de El Escorial, en las cercanías de Madrid.
Y es que el fusilamiento
de José Antonio se cargaba injustamente a un pueblo que no era responsable del
hecho y sobre esta ciudad y sus habitantes cayó el anatema fascista del
ideólogo del Régimen, Ernesto Giménez Caballero, quién, desde los micrófonos de
Radio Alicante pronunció una soflama apocalíptica : “... De todas las ciudades
de España, fuiste tú, Alicante, la de mayor pecado y tú has de ser la que mayor
servicio, abnegación y fervor has de ofrecer al Caudillo... Y sólo así, podrás
levantarte de tu caída.”
En noviembre de 1939 se organizó la
increíble procesión funeral en la cual, a hombros de falangistas, los despojos
del Fundador fueron trasladados desde Alicante hasta El Escorial (unos 400
Kilómetros). Así, el 19 de noviembre el arcón que contenía los restos de José
Antonio fué depositado en la Colegiata de San Nicolás, custodiado por miembros
de la centuria falangista "Ramón Laguna". Al amanecer del día 20, que
fué proclamada fecha de luto nacional, se procedió al traslado de los restos
del Profeta.
La comitiva partió desde San
Nicolás hacia la Explanada, mientras, desde lo alto de los castillos de Santa
Bárbara y San Fernando, flameaban grandes hogueras y siendo cubierto todo el
itinerario, con absoluto silencio lleno de respeto, por banderas de la Falange
con el escudo del Yugo y las Flechas e inscripciones en las paredes, con
grandes letras negras, de JOSÉ ANTONIO ¡PRESENTE!
Ese mismo día, Server y Moisés siguieron
la retransmisión radiofónica del solemne acto. Curiosamente, los hombros de
Moisés no cesaban de subir y bajar. El bar de Moisés lucía crespones negros en
la puerta y las ventanas.
Día y noche, sin que el féretro roce por un momento la tierra, a hombros de
falangistas, con relevos constantes, la comitiva funeraria fué avanzando hacia
Madrid, seguida por una muchedumbre acongojada que, por las noches, alumbraba
el camino con antorchas.
En algunos tramos del entierro, el
camino fue alfombrado con flores arrojadas desde el aire. Los campesinos se
arrodillaban y se santiguaban al paso del arca funeraria y muchos lloraban
desconsolados.
Fue una procesión que no tenía nada que
envidiar al relato medieval del entierro de Felipe “el Hermoso”, por orden de
su viuda " Juana la loca" desde Brujas hasta Granada.
El día 20 de noviembre fue declarado
“Día del dolor” y Alicante fué centro de reunión de los sectores más duros del
Régimen.
Se seguía el
siguiente ritual: lección política en un cine de la ciudad engalanado con
crespones negros, seguida de la proyección de la película: “¡PRESENTE!”,
funeral en San Nicolás, marcha de antorchas y turnos de guardia en el patio del
la prisión donde fue fusilado José Antonio. Se declaró “luto riguroso” en toda
la ciudad, incluso se llegó a prohibir el tránsito rodado.
Con toda la
parafernalia posible, el féretro llegó al Monasterio de El Escorial, donde fué
enterrado al pie del altar mayor, a poca distancia de la cripta donde reposan
los reyes de España. ¡No podía esperarse un lugar más apropiado para el
descanso del Ausente!
Sin
embargo, cuando en la primavera de 1954 se terminó de construir el Valle de los
Caídos, los restos mortales de José
Antonio fueron trasladados, con gran ceremonia hasta la basílica de la
necrópolis, donde esperó durante dieciséis años la llegada del cadáver de
Franco, cuya agonía prolongaron los médicos, según algunos historiadores, para
hacer coincidir la fecha de su muerte con la del Fundador. ¡Ironías de la vida!
Dos hombres que se odiaban en vida habían ido a reposar juntos a una necrópolis
construida con el esfuerzo y a veces con la vida de los presos políticos,
obligados a trabajar en condiciones infrahumanas para redimir sus culpas.
EPÍLOGO
Carta
abierta al director del diario INFORMACION de Alicante.
Muy Sr. Mío: las líneas que vienen a
continuación tienen como finalidad descubrir un engaño que se ha mantenido
hasta ahora y que considero el momento de sacar a la luz.
Aunque actualmente estoy jubilado, le
escribo como conserje que he sido, hasta hace poco tiempo, del Cementerio
Municipal Nuestra Señora del Remedio, de Alicante.
Cuando en 1936 falleció mi hija Carín,
las tropas de Franco se habían sublevado en Africa con ayuda de la Falange de
José Antonio.
Mi hija, señor director, era una chica
humilde pero era la alegría de mi casa. Tuvo la desgracia de enamorarse de un
falangista que la dejó embarazada, huyendo y escondiéndose cobardemente de ella
tan pronto estalló la guerra.
Más tarde, fué mi mujer, María, la que
murió en el horrible bombardeo del Mercado por la aviación franquista.
Comprenderá Ud. señor director, mi
odio hacia todo lo que representa la Falange y el franquismo.
El día 20 de Noviembre de 1936
trajeron al cementerio los restos de José Antonio que había sido fusilado esa
misma mañana. Fué sepultado en una fosa común, junto con los otro cuatro
fusilados ese mismo día.
Unos días más tarde el cadáver de un
conocido borrachín de Alicante, el negro Yoma, vino a dar con sus huesos a este
cementerio. Mandé que fuese enterrado en la misma fosa donde reposaban los
restos de José Antonio. Esa misma noche, con ayuda de mi amigo Moisés, sin que
nadie más pudiera vernos, sacamos de la fosa el cuerpo de José Antonio y el del
negro Yoma. Vestimos al negro con el mono azul y la chaqueta gris de José
Antonio, teniendo buen cuidado de colocar en sus ropas las medallas y el
crucifijo que llevaba prendido en su cuerpo. A José Antonio lo vestimos con los
harapos del borrachín. Después, colocamos a José Antonio en el hueco que había
dejado el negro Yoma y a éste en la misma posición y lugar donde había estado
el cadáver de José Antonio.
No sabíamos, en ese momento, la
repercusión que iba a tener nuestra broma macabra pero, cuando los rebeldes
entraron en Alicante y vinieron al cementerio en busca de los restos del
Ausente, decidí continuar con el engaño y confiar en que, con el paso del tiempo, los cadáveres se hubieran hecho
irreconocibles. En efecto, las autoridades falangistas
"identificaron" los restos de José Antonio: sus medallas, su
crucifijo, la "forma tan peculiar del cráneo"... Pasé un momento de verdadero pánico cuando se
fijaron en que la mano derecha del cadáver estaba intacta, aunque negra, pero
ellos interpretaron que era la mano del Fundador momificada (como el brazo de
Santa Teresa).
El resto de la historia es conocido por usted: el
traslado hasta El Escorial y luego al Valle de los Caídos de los restos
mortales del negro Yoma, a quien se le rindieron homenajes propios de un héroe
ó de un santo, mientras mi amigo Moisés movía arriba y abajo sus hombros con
una risa incontrolada.
Muerto mi amigo Moisés, no querría
desaparecer de este mundo sin revelar este secreto del que usted puede hacer
uso según crea. No tengo que pedir perdón a nadie por este hecho que considero
de toda justicia y una reparación al daño que se me ha causado en esta vida.
Atentamente:
Firmado: ANTONIO SERVER TORRES
Ex-conserje
del Cementerio Municipal
Nuestra
Sra. del Remedio, de Alicante.
Manuel Palazón Oncina
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