Capítulo 1. Juan Lucas
Todavía
conservo la fotografía de “Kaíko”, con su dedicatoria: “Para mi amigo Manolito,
como prueba de amistad. Juanín.” Se trata de una foto en blanco y negro, casi
sepia, en la que “Kaíko” está con el uniforme de futbolista del equipo del
barrio –el Mickey—con camiseta a rayas oscuras y blancas, calzones negros
abrochados a la cintura con un cordón y que dejan al descubierto unas rodillas
huesudas, muy delgadas; el resto de las piernas está cubierto con medias oscuras,
deformadas por las espinilleras. Calza botas de reglamento, que le vienen algo
grandes. Posiblemente --no viene fechada la foto—tendría por aquel entonces
unos siete u ocho años. Su pelo es castaño claro, tirando a rubio, y peinado
con raya al lado izquierdo, y en la coronilla forma un pequeño remolino que le
da un aire divertido. En la frente se observa una cicatriz en forma de cruz, y
tiene la cara moteada de pequeños puntos azulados. Los ojos son claros y
vivarachos. La nariz recta, y la boca, de labios finos, dibujaba siempre una
sonrisa. Las mangas de la camiseta son largas, y terminan con un elástico, pero
lo que llamaba la atención era la manga izquierda, ya que ofrecía a la vista un
muñón, debido a que Kaíko tenía amputada la mano y parte del antebrazo…
Verano
del 39. Alicante. Todavía no ha pasado un mes desde que oímos por la radio la
noticia del final de la guerra. Se acabaron los bombardeos, las precipitadas
carreras hasta los refugios mientras suena la sirena… Aún no se habían
reanudado las clases y ninguno de nosotros parecía reparar en que nuestras
vidas iban a ser organizadas de nuevo. ¡Qué cercanos estaban los recuerdos de
la escuela! ¡El maestro, un hombrecillo calvo y con mal genio, cuando se oía la
sirena anunciando una incursión de la aviación fascista, dramatizaba el momento
con un “¡cuerpo a tierra!” que obedecíamos echándonos al suelo, bajo los
pupitres. Luego, a la salida, antes de entrar en casa, nos organizábamos en
pandillas y recorríamos el barrio en busca de alguna huella del ataque.
Nuestra
pandilla la mandaba siempre Kaiko, junto a su primo “Sevillita”, que, aunque
algo mayor que él, le seguía adonde fuera con una lealtad entrañable. En total
éramos cinco chiquillos, casi todos de unos cinco o seis años de edad.
El lugar preferido
para nuestros juegos estaba, sin duda, en el Portón. El Portón era un gran
solar a las faldas del Castillo de Santa Bárbara, lleno de escombros y restos
de las murallas. En este gran solar destacaban tres puntos estratégicos: la
muralla pequeña, la muralla grande y un semicírculo amurallado donde, durante
la guerra, estaban los reflectores que detectaban con su potente luz a los
aviones enemigos. Desde cualquiera de estas atalayas se podían distinguir las
calles de Alicante: al frente, la avenida de Alfonso el Sabio y, al final, la
Plaza de los Caballos (que pronto se llamaría de Los Luceros); a la derecha
estaba el barrio de San Antón, con sus humildes terrados (algunos con
gallineros y conejeras), sus tejados de uralita u hojalata. Allí vivía la gente
más humilde: traperos, gitanos, etc. Visto desde las murallas, adoptaba la
forma de un paralelepípedo, por lo que la llamábamos la “calle del ataúd”. A la
izquierda podíamos ver las cúpulas de las iglesias de Santa María y San Nicolás
y, allá al fondo, el deslumbrante azul del mar. No puedo recordar el nombre del
poeta alicantino que escribió estos versos:
“Alacant, què guapa estàs,
mirant-te en eixa platera
d’aigua blava de la mar.
Guapa estàs quan amaneixes,
guapa a migdia y vesprà…
¡Guapa sempre!
¡Alacant, què guapa estàs!”
Nuestras expediciones
al Portón iban siempre acompañadas de un afán de lucha con las bandas rivales
de chiquillos del barrio. Al grito de “Voleu pedrega?” se respondía,
invariablemente, con un cantazo que restallaba por encima de sus cabezas.
Cuando un bando conseguía llegar a la muralla pequeña, los contrarios tenían
que realizar una maniobra envolvente, que consistía en trepar hasta la muralla
grande y, desde allí, conminarlos a una rendición sin contemplaciones. ¡Hasta la
próxima!
Desde la muralla
grande bajábamos al barrio chino, por donde pasábamos con los ojos abiertos
como platos, mirando a las mujeres que esperaban a la clientela en las puertas
de sus casas. Bajando los escalones de la calle Álvarez, que daban a la placeta
de San Cristóbal, encontrábamos siempre a un mariquita sentado en el primero,
con el pelo largo, teñido de rubio, los ojos y los labios pintados, un bolso
lleno de perejil y limones y, en el brazo, un ramillete de flores de papel que
ofrecía con gracia a los transeúntes. Cuando los soldados subían presurosos los
escalones para llegar al barrio, “el Chache” (que éste era el nombre por el que
se le conocía) les decía con voz plañidera, “¿Para qué queréis chochos
‘podríos’, habiendo culos como rosas?”
Otro personaje
inquietante de aquellos tiempos era un hombre de raza negra, Juan Lucas,
siempre borracho, tumbado en algún portal o en la entrada del bar Ruso, al pie
del Portón. Desde una prudente distancia le gritábamos: <<¡Juan Lucas,
botifarra negra…! ¡Tu madre en cueros…!>> Y el pobre diablo hacía ademán
de perseguirnos, pero ni su curda ni sus pesadas piernas podían con nosotros,
que huíamos a todo meter.
Una tarde que la
pandilla iba buscando balas o “peines” entre los escombros del castillo dimos
con la abertura angosta de una cueva. Nos adentramos medio a rastras por el
suelo y, de pronto, oímos unos quejidos que nos pusieron los pelos de punta.
Prestando más atención percibimos una voz estropajosa suplicando:
<<¡Socorro, ayuda…! ¡Me muero…!>> Nuestra primera reacción fue de
pánico, pero, por fin, nos arriesgamos a entrar y, con Kaiko al frente, vimos,
a la luz de una vela, a Juan Lucas tendido en el suelo, con los pantalones
manchados de sangre y envuelto en una manta mugrienta, una de aquellas mantas
grises que llevaban los soldados cuando volvían del frente. Bajamos corriendo
al bar Ruso y pedimos ayuda. Entre varios hombres transportaron al negro hasta
la Casa de Socorro. El médico de guardia escribió en el parte facultativo:
“Fractura de tibia y peroné. Pase al hospital.” Más tarde, mientras liaba un
cigarrillo con sus dedos amarillentos por la nicotina, comentaba: “Gracias que
esos diablillos lo encontraron, pues seguro que se habría muerto solo, allá en
la cueva.”
Capítulo 2. “Botifarra negra”
En los cuatro meses
largos que siguieron al final de la guerra no hacíamos más que sorprendernos
continuamente en aquel Alicante sofocante de calor, triste, polvoriento, con
sus tisis y sus toses, los piojos comunes que nos obligaron a cortarnos el pelo
al rape, el piojo verde…
Por sus calles
habíamos visto desfilar las tropas victoriosas, con sus regimientos de moros y
regulares, con sus turbantes, sus barbas, sis pantalones bombachos, los mismos
que cuando buscaban el barrio chino nos preguntaban, “Foqui, foqui Margarita”,
y nosotros los oriéntabamos hacia la calle Álvarez, a veces a cambio de un
puñado de tabaco o simplemente por la emoción de acompañar a aquellos extraños
personajes.
Por las tardes, casi
siempre después de comer, se organizaban en la calle partidas de paleta y
escampilla, o de largas, o de fútbol, con una pelota de trapo. A los más
pequeños se les encomendaba vigilar la posible llegada de algún guardia…
<<¡Keo…Keo…!>> Rápidamente se recogía la pelota y la calle quedaba
solitaria como por ensalmo, ante la mirada desconfiada del guardia de turno.
Después hacíamos incursiones en las casas destruidas por los bombardeos, en
busca de imaginarios tesoros, o nos enganchábamos en las traseras de los
tranvías; cuando llegaba el cobrador nos tirábamos en marcha.
El día que Kaiko
volvió a ver a Juan Lucas, después de su encuentro en la cueva, fue un caluroso
domingo de agosto a la hora de la siesta. Había salido de casa mientras los
mayores dormían y, al pasar por delante del bar Ruso, casi tropieza con sus
enormes piernas, y, al saltar por encima, le pareció ver que entreabría los
ojos y se encendía como una luz de reconocimiento, una chispa de inteligencia
entre las brumas del alcohol, y Kaiko reaccionó corriendo con todas sus
fuerzas. A partir de este episodio le parecía que siempre que se encontraba al
negro éste hacía un ademán de ir hacia él, lo cual le provocaba un pánico
atroz. Ni siquiera lo comentó con su primo, pero era como un presentimiento,
algo que no podía explicar pero que, cuando estaba distraído en sus juegos, le
producía un escalofrío, y se le bañaba la frente de sudor sin acertar a saber
exactamente la causa de ese temor.
Los domingos por la
mañana, cuando el cine Monumental se vació de prisioneros, dieron comienzo los
“matinales”. Allí íbamos toda la pandilla para emocionarnos con las películas
del oeste americano: Ken Maynard y su caballo “Tarzán”, Bucke Jones, Bob Steele
y su guitarra. Eran películas en versión original, en inglés, con subtítulos, y
en ellas se sucedían las peleas, los tiros, las persecuciones a caballo.
También proyectaban cortos de risa: El “Gordo” y el “Flaco”, “Pamplinas”,
“Jaimito… Todo ello amenizado por el continuo trasiego de pipas, juegos al
escondite, carreras y, al final del programa, la emocionante rifa de juguetes.
Capítulo 3. Tu madre en cueros…
Kaiko había crecido y
los camales de los pantalones le llegaban por encima de unas rodillas huesudas
y unas piernas flacas y llenas de chorretones. Estaba bastante delgado, pero
siempre luchaba con energía y salía vencedor de sus peleas con otros chicos.
Era feliz, pero siempre le quedaba, fugazmente, una sensación de frío interior
cada vez que se encontraba en el suelo con la mirada de Juan Lucas, siempre en
el sopor de la constante borrachera.
Aquel verano transcurrió,
casi sin transición, hacia un otoño frío, ventoso y gris. Empezaron las clases,
colegio “La Educación”, en la calle Labradores, colegio “Lope de Vega”, en la
calle Quintana, y luego en Campos Vasallo, libretas de caligrafía, “Mi Primer
Manuscrito”, “Países y Mares”, “Grado Elemental”… Los dedos y la ropa manchados
de tinta, pues escribíamos con palillero y pluma que mojábamos en los tinteros
instalados en los pupitres. El recreo consistía en salir a un pequeño patio
exterior donde, los que podían, se comían su humilde almuerzo de pan y
chocolate de algarrobas. En el colegio “Lope de Vega” había un maestro, don
Miguel Fuentes, linier los domingos, que robaba, con enorme tino, el mejor
bocadillo. Él disimulaba, pero siempre le quedaban migajas de pan en las
solapas.
En el mes de
noviembre, por Todos los Santos, era obligada la visita al cementerio. Los de
la pandilla de Kaiko hacíamos, por la mañana, una visita al cementerio viejo,
ya en desuso, para escudriñar entre los nichos medio caídos alguna calavera o
restos de los féretros. Era un cementerio entrañable, pequeño, como de un
pueblo grande, y estaba situado en el barrio de San Blas, adonde se llegaba con
el tranvía número 5.
Por la tarde íbamos
al cementerio nuevo, en la Florida, apretujados en el 7. Allí visitábamos las
tumbas de nuestros familiares y no podía faltar la visita a la tumba del torero
alicantino Ángel Carratalá, muerto de una cornada.
Desde el cementerio
íbamos al Salón España, que era un cine de reestreno donde había un escenario
para representar obras de teatro. Por primera vez asistimos a la puesta en
escena de Don Juan Tenorio…salíamos
muertos de miedo con las escenas del banquete y del camposanto.
La explosión de la granada ocurrió en plenas
vacaciones de Navidad. Kaiko y su primo Sevillita habían escalado la muralla
grande del castillo y, por la parte de atrás, bajaron hasta la ermita medio
derruida del barrio de Santa Cruz, y allí fue donde Sevillita encontró una
bomba de mano, medio oxidada, debajo de un trozo grande de yeso desprendido del
techo. Nada más entrar en la ermita Kaiko tuvo un estremecimiento parecido al
que sentía cuando pensaba que le estaban mirando intensamente a la nuca, y se
le puso un nudo en la garganta que le llegaba hasta lo más profundo del pecho. Sevillita,
con manos temblorosas, cogió la bomba e hizo ademán de lanzarla contra el
enemigo. En eso oyeron una voz que gritaba: <<¡Cuidado!>>, e
inmediantamente Kaiko cayó al suelo aplastado por un gran peso, sintió un
fuerte dolor en el brazo izquierdo y en la cabeza, y peridó el conocimiento. La
explosión arrancó la cabeza de Sevillita y destrozó a la gran masa humana que
había salvado, con la suya, la vida de Kaiko.
De no haber estado el
pobre Juan Lucas dormitando su borrachera entre las ruinas de la ermita, Kaiko
no podría corretear por el Portón, por la casa rota, por la calle de
Labradores, llevando en la mano derecha su cartera del colegio, mientras la
manga izquierda de la camisa caía, triste, sobre el muñón que había quedado
tras la amputación de la mano.
Al año siguiente, por
Todos los Santos, Kaiko buscó la fosa común en donde habían enterrado a Juan
Lucas y depositó una tablilla de madera en una esquina. En ella había escrito
estas palabras:
R.I.P.
Aquí llace (sic) Juan Lucas,
Un negro bueno que me salvó la vida
Autor: Manuel Palazón Oncina