domingo, 23 de noviembre de 2014

Juan Lucas


 Capítulo 1. Juan Lucas

        Todavía conservo la fotografía de “Kaíko”, con su dedicatoria: “Para mi amigo Manolito, como prueba de amistad. Juanín.” Se trata de una foto en blanco y negro, casi sepia, en la que “Kaíko” está con el uniforme de futbolista del equipo del barrio –el Mickey—con camiseta a rayas oscuras y blancas, calzones negros abrochados a la cintura con un cordón y que dejan al descubierto unas rodillas huesudas, muy delgadas; el resto de las piernas está cubierto con medias oscuras, deformadas por las espinilleras. Calza botas de reglamento, que le vienen algo grandes. Posiblemente --no viene fechada la foto—tendría por aquel entonces unos siete u ocho años. Su pelo es castaño claro, tirando a rubio, y peinado con raya al lado izquierdo, y en la coronilla forma un pequeño remolino que le da un aire divertido. En la frente se observa una cicatriz en forma de cruz, y tiene la cara moteada de pequeños puntos azulados. Los ojos son claros y vivarachos. La nariz recta, y la boca, de labios finos, dibujaba siempre una sonrisa. Las mangas de la camiseta son largas, y terminan con un elástico, pero lo que llamaba la atención era la manga izquierda, ya que ofrecía a la vista un muñón, debido a que Kaíko tenía amputada la mano y parte del antebrazo…
        Verano del 39. Alicante. Todavía no ha pasado un mes desde que oímos por la radio la noticia del final de la guerra. Se acabaron los bombardeos, las precipitadas carreras hasta los refugios mientras suena la sirena… Aún no se habían reanudado las clases y ninguno de nosotros parecía reparar en que nuestras vidas iban a ser organizadas de nuevo. ¡Qué cercanos estaban los recuerdos de la escuela! ¡El maestro, un hombrecillo calvo y con mal genio, cuando se oía la sirena anunciando una incursión de la aviación fascista, dramatizaba el momento con un “¡cuerpo a tierra!” que obedecíamos echándonos al suelo, bajo los pupitres. Luego, a la salida, antes de entrar en casa, nos organizábamos en pandillas y recorríamos el barrio en busca de alguna huella del ataque.


        Nuestra pandilla la mandaba siempre Kaiko, junto a su primo “Sevillita”, que, aunque algo mayor que él, le seguía adonde fuera con una lealtad entrañable. En total éramos cinco chiquillos, casi todos de unos cinco o seis años de edad.
        El lugar preferido para nuestros juegos estaba, sin duda, en el Portón. El Portón era un gran solar a las faldas del Castillo de Santa Bárbara, lleno de escombros y restos de las murallas. En este gran solar destacaban tres puntos estratégicos: la muralla pequeña, la muralla grande y un semicírculo amurallado donde, durante la guerra, estaban los reflectores que detectaban con su potente luz a los aviones enemigos. Desde cualquiera de estas atalayas se podían distinguir las calles de Alicante: al frente, la avenida de Alfonso el Sabio y, al final, la Plaza de los Caballos (que pronto se llamaría de Los Luceros); a la derecha estaba el barrio de San Antón, con sus humildes terrados (algunos con gallineros y conejeras), sus tejados de uralita u hojalata. Allí vivía la gente más humilde: traperos, gitanos, etc. Visto desde las murallas, adoptaba la forma de un paralelepípedo, por lo que la llamábamos la “calle del ataúd”. A la izquierda podíamos ver las cúpulas de las iglesias de Santa María y San Nicolás y, allá al fondo, el deslumbrante azul del mar. No puedo recordar el nombre del poeta alicantino que escribió estos versos:

        “Alacant, què guapa estàs,
        mirant-te en eixa platera
        d’aigua blava de la mar.
        Guapa estàs quan amaneixes,
        guapa a migdia y vesprà…
¡Guapa sempre!
¡Alacant, què guapa estàs!”

Nuestras expediciones al Portón iban siempre acompañadas de un afán de lucha con las bandas rivales de chiquillos del barrio. Al grito de “Voleu pedrega?” se respondía, invariablemente, con un cantazo que restallaba por encima de sus cabezas. Cuando un bando conseguía llegar a la muralla pequeña, los contrarios tenían que realizar una maniobra envolvente, que consistía en trepar hasta la muralla grande y, desde allí, conminarlos a una rendición sin contemplaciones. ¡Hasta la próxima!
Desde la muralla grande bajábamos al barrio chino, por donde pasábamos con los ojos abiertos como platos, mirando a las mujeres que esperaban a la clientela en las puertas de sus casas. Bajando los escalones de la calle Álvarez, que daban a la placeta de San Cristóbal, encontrábamos siempre a un mariquita sentado en el primero, con el pelo largo, teñido de rubio, los ojos y los labios pintados, un bolso lleno de perejil y limones y, en el brazo, un ramillete de flores de papel que ofrecía con gracia a los transeúntes. Cuando los soldados subían presurosos los escalones para llegar al barrio, “el Chache” (que éste era el nombre por el que se le conocía) les decía con voz plañidera, “¿Para qué queréis chochos ‘podríos’, habiendo culos como rosas?”
Otro personaje inquietante de aquellos tiempos era un hombre de raza negra, Juan Lucas, siempre borracho, tumbado en algún portal o en la entrada del bar Ruso, al pie del Portón. Desde una prudente distancia le gritábamos: <<¡Juan Lucas, botifarra negra…! ¡Tu madre en cueros…!>> Y el pobre diablo hacía ademán de perseguirnos, pero ni su curda ni sus pesadas piernas podían con nosotros, que huíamos a todo meter.
Una tarde que la pandilla iba buscando balas o “peines” entre los escombros del castillo dimos con la abertura angosta de una cueva. Nos adentramos medio a rastras por el suelo y, de pronto, oímos unos quejidos que nos pusieron los pelos de punta. Prestando más atención percibimos una voz estropajosa suplicando: <<¡Socorro, ayuda…! ¡Me muero…!>> Nuestra primera reacción fue de pánico, pero, por fin, nos arriesgamos a entrar y, con Kaiko al frente, vimos, a la luz de una vela, a Juan Lucas tendido en el suelo, con los pantalones manchados de sangre y envuelto en una manta mugrienta, una de aquellas mantas grises que llevaban los soldados cuando volvían del frente. Bajamos corriendo al bar Ruso y pedimos ayuda. Entre varios hombres transportaron al negro hasta la Casa de Socorro. El médico de guardia escribió en el parte facultativo: “Fractura de tibia y peroné. Pase al hospital.” Más tarde, mientras liaba un cigarrillo con sus dedos amarillentos por la nicotina, comentaba: “Gracias que esos diablillos lo encontraron, pues seguro que se habría muerto solo, allá en la cueva.”

 Capítulo 2. “Botifarra negra”

En los cuatro meses largos que siguieron al final de la guerra no hacíamos más que sorprendernos continuamente en aquel Alicante sofocante de calor, triste, polvoriento, con sus tisis y sus toses, los piojos comunes que nos obligaron a cortarnos el pelo al rape, el piojo verde…
Por sus calles habíamos visto desfilar las tropas victoriosas, con sus regimientos de moros y regulares, con sus turbantes, sus barbas, sis pantalones bombachos, los mismos que cuando buscaban el barrio chino nos preguntaban, “Foqui, foqui Margarita”, y nosotros los oriéntabamos hacia la calle Álvarez, a veces a cambio de un puñado de tabaco o simplemente por la emoción de acompañar a aquellos extraños personajes.
Por las tardes, casi siempre después de comer, se organizaban en la calle partidas de paleta y escampilla, o de largas, o de fútbol, con una pelota de trapo. A los más pequeños se les encomendaba vigilar la posible llegada de algún guardia… <<¡Keo…Keo…!>> Rápidamente se recogía la pelota y la calle quedaba solitaria como por ensalmo, ante la mirada desconfiada del guardia de turno. Después hacíamos incursiones en las casas destruidas por los bombardeos, en busca de imaginarios tesoros, o nos enganchábamos en las traseras de los tranvías; cuando llegaba el cobrador nos tirábamos en marcha.
El día que Kaiko volvió a ver a Juan Lucas, después de su encuentro en la cueva, fue un caluroso domingo de agosto a la hora de la siesta. Había salido de casa mientras los mayores dormían y, al pasar por delante del bar Ruso, casi tropieza con sus enormes piernas, y, al saltar por encima, le pareció ver que entreabría los ojos y se encendía como una luz de reconocimiento, una chispa de inteligencia entre las brumas del alcohol, y Kaiko reaccionó corriendo con todas sus fuerzas. A partir de este episodio le parecía que siempre que se encontraba al negro éste hacía un ademán de ir hacia él, lo cual le provocaba un pánico atroz. Ni siquiera lo comentó con su primo, pero era como un presentimiento, algo que no podía explicar pero que, cuando estaba distraído en sus juegos, le producía un escalofrío, y se le bañaba la frente de sudor sin acertar a saber exactamente la causa de ese temor.
Los domingos por la mañana, cuando el cine Monumental se vació de prisioneros, dieron comienzo los “matinales”. Allí íbamos toda la pandilla para emocionarnos con las películas del oeste americano: Ken Maynard y su caballo “Tarzán”, Bucke Jones, Bob Steele y su guitarra. Eran películas en versión original, en inglés, con subtítulos, y en ellas se sucedían las peleas, los tiros, las persecuciones a caballo. También proyectaban cortos de risa: El “Gordo” y el “Flaco”, “Pamplinas”, “Jaimito… Todo ello amenizado por el continuo trasiego de pipas, juegos al escondite, carreras y, al final del programa, la emocionante rifa de juguetes.

 Capítulo 3. Tu madre en cueros…

Kaiko había crecido y los camales de los pantalones le llegaban por encima de unas rodillas huesudas y unas piernas flacas y llenas de chorretones. Estaba bastante delgado, pero siempre luchaba con energía y salía vencedor de sus peleas con otros chicos. Era feliz, pero siempre le quedaba, fugazmente, una sensación de frío interior cada vez que se encontraba en el suelo con la mirada de Juan Lucas, siempre en el sopor de la constante borrachera.
Aquel verano transcurrió, casi sin transición, hacia un otoño frío, ventoso y gris. Empezaron las clases, colegio “La Educación”, en la calle Labradores, colegio “Lope de Vega”, en la calle Quintana, y luego en Campos Vasallo, libretas de caligrafía, “Mi Primer Manuscrito”, “Países y Mares”, “Grado Elemental”… Los dedos y la ropa manchados de tinta, pues escribíamos con palillero y pluma que mojábamos en los tinteros instalados en los pupitres. El recreo consistía en salir a un pequeño patio exterior donde, los que podían, se comían su humilde almuerzo de pan y chocolate de algarrobas. En el colegio “Lope de Vega” había un maestro, don Miguel Fuentes, linier los domingos, que robaba, con enorme tino, el mejor bocadillo. Él disimulaba, pero siempre le quedaban migajas de pan en las solapas.

En el mes de noviembre, por Todos los Santos, era obligada la visita al cementerio. Los de la pandilla de Kaiko hacíamos, por la mañana, una visita al cementerio viejo, ya en desuso, para escudriñar entre los nichos medio caídos alguna calavera o restos de los féretros. Era un cementerio entrañable, pequeño, como de un pueblo grande, y estaba situado en el barrio de San Blas, adonde se llegaba con el tranvía número 5.
Por la tarde íbamos al cementerio nuevo, en la Florida, apretujados en el 7. Allí visitábamos las tumbas de nuestros familiares y no podía faltar la visita a la tumba del torero alicantino Ángel Carratalá, muerto de una cornada.
Desde el cementerio íbamos al Salón España, que era un cine de reestreno donde había un escenario para representar obras de teatro. Por primera vez asistimos a la puesta en escena de Don Juan Tenorio…salíamos muertos de miedo con las escenas del banquete y del camposanto.
      La explosión de la granada ocurrió en plenas vacaciones de Navidad. Kaiko y su primo Sevillita habían escalado la muralla grande del castillo y, por la parte de atrás, bajaron hasta la ermita medio derruida del barrio de Santa Cruz, y allí fue donde Sevillita encontró una bomba de mano, medio oxidada, debajo de un trozo grande de yeso desprendido del techo. Nada más entrar en la ermita Kaiko tuvo un estremecimiento parecido al que sentía cuando pensaba que le estaban mirando intensamente a la nuca, y se le puso un nudo en la garganta que le llegaba hasta lo más profundo del pecho. Sevillita, con manos temblorosas, cogió la bomba e hizo ademán de lanzarla contra el enemigo. En eso oyeron una voz que gritaba: <<¡Cuidado!>>, e inmediantamente Kaiko cayó al suelo aplastado por un gran peso, sintió un fuerte dolor en el brazo izquierdo y en la cabeza, y peridó el conocimiento. La explosión arrancó la cabeza de Sevillita y destrozó a la gran masa humana que había salvado, con la suya, la vida de Kaiko.


De no haber estado el pobre Juan Lucas dormitando su borrachera entre las ruinas de la ermita, Kaiko no podría corretear por el Portón, por la casa rota, por la calle de Labradores, llevando en la mano derecha su cartera del colegio, mientras la manga izquierda de la camisa caía, triste, sobre el muñón que había quedado tras la amputación de la mano.
Al año siguiente, por Todos los Santos, Kaiko buscó la fosa común en donde habían enterrado a Juan Lucas y depositó una tablilla de madera en una esquina. En ella había escrito estas palabras:

R.I.P.

Aquí llace (sic) Juan Lucas,
Un negro bueno que me salvó la vida


Autor: Manuel Palazón Oncina

sábado, 22 de noviembre de 2014

El ausente (últimas fantásticas de José Antonio Primo de Rivera)

           Le llamaban, por mal nombre, "coll de pava" debido al gran parecido que tenía su cuello con el de esta ave doméstica. Era un cuello delgado y largo, con pliegues, que parecía balancearse sobre sus hombros. Su cabeza era pequeña, con pelo gris que peinaba con raya al lado. Los ojos grises, fríos, huidizos. La boca fina, que no parecía estar hecha para la sonrisa.
        Su nombre era Antonio Server y ocupaba el cargo de conserje del cementerio de Alicante. Vivía, con su mujer, en una dependencia situada a la entrada, que constaba de una cocina amplia que hacía las veces de comedor y dos cuartos ; el más grande era el dormitorio del matrimonio y el otro, más pequeño, tenía una cama vestida con una colcha de flores, muy alegre, y un pequeño tocador sobre el cual descansaba una vieja radiogramola. Esta había sido la habitación de su hija Carín hasta que la pobre falleció.
El trabajo de Server consistía en atender al público, llevar el registro de las defunciones en un libro en el que figuraba la fecha del óbito y el número del nicho correspondiente. A las ocho de la mañana abría las puertas de la verja y, por la tarde, cuando empezaba a ocultarse el sol, hacía sonar una pequeña campana para avisar a la gente que faltaba poco para cerrar las puertas.
        Una vez cerradas las puertas del cementerio, Server salía a la plazoleta y entraba en una pequeña tasca. Era la tasca de su amigo Moisés García Bernabeu. Allí le esperaba éste ante un tablero de ajedrez y daba comienzo la partida de todos los días. No eran grandes jugadores pero el juego les servía de descanso y, al mismo tiempo se contaban los sucesos de su juventud. Moisés era de la misma edad que Server. Ambos habían estudiado en "La Escuela Modelo" que estaba regentada por la familia de los Albricios y era de orientación evangélica; contaba con buenas instalaciones (gimnasio, un pequeño teatro, un patio amplio, etc.). Desde el punto de vista religioso no influyó en la formación de los dos amigos.     
        Moisés tenía la particularidad de que no podía ocultar un estado de jocosidad producido por cualquier cosa que le hiciera gracia. Y es que el sentido del humor se puede manifestar interiormente (y entonces aparecen unas chiribitas en los ojos y quizás un amago de sonrisa) ó externamente (y se manifiesta con ruidosas carcajadas o con movimientos incontrolados de los hombros). Pues bien, cuando Moisés no podía contener su estado de hilaridad, movía espasmódicamente los hombros, arriba y abajo. Esto ya le causó problemas con un profesor de la escuela que se llamaba don Lincoln, el cual cuando advertía el movimiento de los hombros de Moisés, se acercaba a él, lo cogía por las patillas y lo levantaba un palmo del suelo ante los gritos de dolor del muchacho.
        Server, cuando terminó su formación, hizo oposiciones al Ayuntamiento y ganó la plaza de conserje del Cementerio Municipal de Alicante. Moisés, heredó el bar de su padre y se dedicó a esta profesión. La casualidad hizo que el trabajo de los amigos, dada su proximidad, los uniera todavía más. Finalizada la partida de ajedrez, Server volvía a casa, donde su mujer, María, le había preparado ya la cena. Procuraba retrasar todo lo posible el momento de ir a la cama y, cuando ya no podía más, se acostaba y dejaba caer pesadamente su cabeza en la almohada y quedaba dormido. Todas las noches se despertaba jadeante, tembloroso y con una opresión en el pecho que le obligaba a sentarse al borde de la cama.
        Siempre era el mismo sueño: veía a su hija Carín recostada sobre la mesa de la cocina, con el cabello empapado en sudor, la cara muy blanca y los ojos abiertos, sin vida, sin brillo y aparentemente faltos de pupilas. Era una mirada vidriosa, preagónica. Desde su vientre bajaba un reguero de sangre hasta el suelo mientras unas manos sarmentosas, con las uñas negras, trataban de contener la hemorragia con sábanas y toallas que se iban amontonando en una gran jofaina.
        A pesar del tiempo que trabajaba en el cementerio todavía resonaban en su cabeza las paletadas de tierra que caían sobre el féretro de su hija. Luego, se calzaba las zapatillas y entraba en el cuarto de Carín. Automáticamente le daba cuerda a la radiogramola y dejaba caer con cuidado la aguja sobre el disco de pasta. Era siempre la misma copla: "La hija de Juan Simón", interpretada por Angelillo:
       
        “Era Simón en el pueblo el único enterrador.
                 Todo el mundo le pregunta, “¿De dónde vienes Juan Simón?”
                 “Soy enterraor, soy enterraor y vengo de enterrar mi corazón.”

        Esta copla le producía, de inmediato, una gran paz mientras las lágrimas resbalaban lentamente por sus mejillas y volvía a la cama. Su mujer le acariciaba la espalda y le susurraba: "Duérmete, cariño, duérmete" y, luego lo tapaba amorosamente con la sábana.
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        Cuando Carín les anunció su noviazgo con “el Señorito”, trataron de quitarle la idea de la cabeza. “Mira que eres todavía una niña... Mira que esa gente sólo quiere aprovecharse... Mira que no son de nuestra clase...” De nada sirvieron sus advertencias. Carín con sus 17 años, era una muchacha muy linda: morena, con el pelo lacio y largo, con un flequillo ladeado, alta y muy bien formada. Pero, sobre todo, era su cara lo que llamaba la atención con ojos grandes, rasgados y la boca de labios finos y unos dientes blancos y perfectamente alineados.
El “Señorito” se llamaba Martín y tenía 20 años. Estaba afiliado a Falange Española, un partido político de derechas fundado por el hijo del dictador Primo de Rivera, José Antonio. Estudiaba segundo curso de medicina en Valencia y, por este motivo, sólo se veían en vacaciones aunque él le escribía unas cartas muy bonitas que ella leía con avidez cinco o seis veces al día.
Fue en el mes de junio, a final de curso, cuando Martín volvió a Alicante a disfrutar las vacaciones de aquél verano de 1936. Parecía que sus relaciones iban a una velocidad de vértigo. Sus escarceos amorosos eran cada día más ardientes; ya no bastaba la oscuridad de las salas de cine. Algunas tardes, subían en el tranvía de Vistahermosa y, paseando, llegaban hasta un pequeño chalet que los padres de Martín tenían en la playa de la Albufereta. Allí se les hacían las tantas y corriendo, regresaban a Vistahermosa para subir al tranvía que los devolvía a Alicante.
       
        Eran los últimos días de junio y primeros de julio cuando Carín, temblorosa, comunicó a Martín que la regla se le retrasaba ya casi dos meses. Éste trató de tranquilizarla pero, a partir de entonces, empezó a mostrarse distante y frío.
        De pronto, inesperadamente, la insurrección franquista en África. Martín y su familia, al comprobar que Alicante había permanecido fiel a la República, desaparecieron de la ciudad sin despedirse de nadie. Fueron días de desconcierto. El pánico se apoderó de la ciudad. Empezaron las represalias, los “paseos” y las “sacas”..
        Carín esperaba noticias de su novio, que no llegaban nunca, mientras en sus entrañas se iba formando un nuevo ser. Empezaron los vómitos, las desganas, y, sobre todo, la angustia por no saber el paradero de Martín, por no tener noticias suyas. Martín había llegado a Salamanca con su familia y allí se incorporó a la bandera de Falange. No hizo nada por contactar con su novia y pronto la olvidó.
Los padres de Carín, viendo el estado en que había quedado su hija y sabiendo que Martín, cobardemente, había escapado a Salamanca para incorporarse al bando rebelde, no iba a hacerse cargo de la criatura, decidieron echar por la calle de en medio y recurrieron a una matrona del barrio de La Florida que tenía fama de resolver este tipo de entuertos. El resultado no pudo ser peor y, tanto Server como su mujer, quedaron con el hondo pesar de la pérdida de su hija y con un rencor profundo hacia Martín y los de su clase.

        José Antonio Primo de Rivera, había fundado el partido Falange Española en 1933, después de contar con el apoyo financiero de las derechas. En noviembre de 1933 obtuvo un escaño en las Cortes como diputado monárquico por la provincia de Cádiz. Destacó por sus extraordinarias dotes oratorias, no exentas de radicalismo y espíritu pendenciero. Más tarde, por discrepancias con los católicos de derechas, Falange Española quedó marginada del Frente Contrarrevolucionario y José Antonio se presentó en solitario, como candidato por su partido, a las elecciones de febrero de 1936, con un rotundo fracaso. 
Después de las elecciones, Falange Española dejó ver claramente su ideología fascista y la violencia callejera estuvo muchas veces protagonizada por sus militantes cuando no por el mismo José Antonio. Era la dialéctica de los puños y las pistolas. (Más adelante, estando ya en la cárcel de Alicante, un reportero norteamericano le hizo una entrevista en la que José Antonio declaró: “... mis muchachos habrán podido matar, pero después de haber sido atacados”).
Uno de los incidentes más sonados fué el intento de asesinato, por unos falangistas, del diputado socialista y catedrático de Derecho, Luis Jiménez de Asúa. En este atentado murió su guardaespaldas y durante el entierro hubo incendios de iglesias y del diario "La Nación", cuya simpatía por Falange Española era bien conocida.
        El 14 de marzo, a raíz de estas luchas callejeras, José Antonio y los principales jefes de Falange fueron detenidos y el partido fué declarado ilegal. Se les acusaba de haber inducido a la violencia y al matonismo de que había hecho gala en los primeros meses de aquél infortunado 1936. Para evitar un intento de fuga y alejarlo de Madrid fué trasladado a la cárcel de Alicante y, desde allí, junto a su hermano Miguel, contribuyó a la sublevación del 18 de julio.
        Franco, que ambicionaba el poder personal y que, tras ser designado "Jefe de Gobierno", ansiaba proclamarse "Jefe del Estado", no movió un dedo para intentar rescatar a José Antonio de la prisión, a pesar de los intentos rocambolescos que le proponían los falangistas. Cada día se convencía más de que, si José Antonio era liberado y aparecía por la zona nacional, sería un grave obstáculo para sus planes personales.
        Ya lo había intuído el sagaz periodista norteamericano, Jay Allen, quien en una entrevista al general Franco, sorprendido por su baja estatura, “asombrosamente pequeña”, sentenció: “Otro enano que quiere ser dictador”.
        El día 16 de Noviembre de 1936, José Antonio fué juzgado por un Tribunal popular que le acusó de sublevación militar y pidió para él y su hermano Miguel la pena de muerte.
        Fue un proceso absolutamente regular, con todo tipo de garantías que en esos momentos faltaban en toda España, tanto en la zona nacional como en la republicana. Los magistrados condenaron a José Antonio a la pena de muerte pero  su hermano Miguel  sólo fué condenado a cadena perpetua.
        Aunque José Antonio solicita que se le conmute la pena de muerte por cadena perpetua, no se accede a su petición.
        En las primeras horas del 20 de noviembre, José Antonio es conducido al lugar donde será fusilado, en el patio 5 de la prisión. Las celdas que daban sobre el patio fueron desalojadas el día de antes con objeto de que los reclusos no presenciaran la ejecución.
        José Antonio será pasado por las armas junto con otros condenados más: dos requetés y dos falangistas de Novelda. Tenía treinta y tres años.
        Vestía, en el momento de la ejecución, un mono azul, chaqueta gris y un elegante abrigo sobre los hombros. Un miliciano de la FAI, apellidado Toscano, que le había conseguido un sacerdote para sus últimos momentos, le pide el abrigo y José Antonio se lo entrega diciendo: "Tómalo ahora, que es una lástima que lo agujereen las balas".
        Los seis milicianos designados para cumplir la sentencia disparan y cae el primero José Antonio Primo de Rivera. Fue enterrado, junto con los otros cuatro fusilados, esa misma mañana del 20 de noviembre. Con objeto de que se pudieran distinguir sus restos el día de mañana, éstos fueron depositados en el fondo de una fosa común, "con la cara vuelta hacia tierra, colocado en un ángulo de la sepultura, con dirección Este, a unos 20 metros y 40 centímetros de profundidad". Quedó inscrito en el libro 4 de Registros con el número 22.405, fosa 5, fila 9, cuartel 12. Estos datos son comunicados por el conserje del cementerio, Sr. Server, al presidente de la Audiencia de Alicante.
        Para evitar el desánimo en las filas falangistas, Franco, astutamente, ocultó la muerte de José Antonio hasta tener asegurado el triunfo de la sublevación. Desde entonces se aludía al Jefe de Falange como "El Ausente" ya que, para sus incondicionales partidarios, la desaparición de su líder era metafísicamente imposible ya que, aunque estuviera muerto, su espíritu sobrevivió por mucho que le pesara a Franco.
        La noche del 28 de noviembre de 1936, ocho días después del fusilamiento de José Antonio, Alicante fué bombardeada durante unas horas por la aviación franquista. Aunque oficialmente no se constató ninguna víctima, lo cierto es que, al día siguiente, llevaron al cementerio el cadáver de un individuo de raza negra, muy conocido por su afición a la bebida. Le llamaban el negro Yoma y no tenía parientes, ni nadie sabía como había llegado a Alicante. De estatura mediana, de unos 35 años de edad y de complexión atlética, era frecuente encontrarlo tirado en algún banco de la Explanada ó en un portal durmiendo su borrachera con una botella de vino junto a él.
        Server anotó en el Registro la fecha del entierro y la fosa común que, casualmente, era la misma en que estaba el cadáver de José Antonio. Esa misma noche, ya terminado su trabajo, Server fué a la tasca de su amigo Moisés. Sin embargo, esta vez, le hizo una seña para esperarlo en una mesa apartada de los pocos clientes que quedaban en el bar. Mientras Server hablaba, los ojos de Moisés se iban iluminando, su boca esbozó una sonrisa que acabó con una sonora carcajada y el consiguiente movimiento de hombros, arriba y abajo.
Cuando se quedaron a solas, Moisés cerró la puerta de la tasca y acompañó a su amigo hasta el cementerio, donde se adentraron sigilosamente, hablando muy bajito pero con paso decidido.

        Una vez ganada la batalla del Ebro, Franco ya se sabía vencedor y, sólo entonces, se decidió a anunciar de modo oficial la muerte del "Ausente". Fue  poco antes del 20 de noviembre de 1938. ¡Dos años tardó el dictador en notificar tan importante acontecimiento!
A partir de entonces, el hombre de carne y hueso que había sido José Antonio se convirtió en un mito, casi una divinidad. El historiados PAYNE lo llama "Santo Patrón del Régimen" y sus escritos, previamente seleccionados por los intelectuales franquistas, eran considerados la "Biblia del Movimiento". Franco consintió que se glorificara su memoria ya que, una vez muerto, José Antonio no podía hacerle perder el culto a su personalidad que se estaba forjando.

        Desde finales de 1936 hasta mediados de 1938 los bombardeos sobre Alicante se hicieron cada vez más duraderos y más frecuentes. Se construyeron en la ciudad una red de refugios distribuídos por los puntos más poblados y, cuando las sirenas anunciaban alguna incursión de la aviación enemiga, las gentes corrían hasta ellos provistos de ropa de abrigo y algún alimento. Allí permanecían hasta que los aviones, cumplida su misión, se retiraban hacia sus bases. El más trágico y cruel de estos bombardeos fué, sin lugar a dudas, el del 25 de mayo, a las once de la mañana. Una escuadrilla de nueve aviones de las fuerzas nacionales, bombardearon el Mercado Central de Alicante. Entraron por el puerto y descargaron noventa bombas sobre la lonja de frutas y verduras. Murieron entre 250 y 300 personas, ninguna de ellas militar. La investigación realizada por una comisión británica dictaminó que se trató de un ataque deliberado sobre la población civil.
        Esa misma mañana, María, la mujer de Server había ido al Mercado para hacer la compra, cuando, al oír las sirenas que avisaban de un posible bombardeo, corrió a refugiarse en un edificio cercano que llamaban "casa de la marquesa". Allí se encontró con dos amigas que decidieron salir de allí hasta el refugio más próximo. María se sentía segura en aquel lugar pero, por desgracia, una de las bombas estalló muy cerca y la metralla acabó con su vida.
        Cuando las tropas victoriosas de Franco entraron en Alicante, los servicios de inteligencia se afanaron en localizar al fundador de la Falange. Una comisión formada por el gobernador civil (el falangista alicantino José Mallol Alberola), Javier y Pilar Millán Astray, Miguel Primo de Rivera (hermano de José Antonio), su primo Miguel y algunos altos cargos de Falange, se presentaron ante el conserje del cementerio instándole a declarar el sitio donde estaban los restos del Fundador. Server, aparentando mucha calma pero con mucho miedo interior, buscó con cuidado en el libro de Registros la fecha del enterramiento y el número de la fosa común, acompañándoles hasta allí. Un albañil con gorra de plato procedió a levantar la pesada losa con ayuda del conserje. A continuación se procedió a retirar con una pala, la tierra que cubría los cadáveres y, al descubrir los restos del Fundador, según las indicaciones tan precisas del plano realizado por Server, izaron el cuerpo que fué identificado, con mucha emoción por parte de las autoridades, como el cadáver de José Antonio : la misma forma de la calavera, las ropas, las medallas que iban prendidas en el mono y el crucifijo en la cintura. De pronto, apareció una mano negra, momificada, que también fué identificada, ante el estupor del conserje, como la del Fundador.
        Pero José Antonio era una figura demasiado importante para aparecer de esta manera y decidieron fabricarle, con escayola, una huella en la fosa que, después de vaciada de cadáveres, fué recubierta con un cristal ahumado muy grueso para que los visitantes pudieran entrever lo que podía haber sido el hueco que dejó el cuerpo del Fundador.
        A pesar de que el alcalde de Alicante y otros alcaldes de la provincia, hicieron una propuesta para que el cadáver del Fundador no saliera de la ciudad, se decidió trasladarlo al Monasterio de El Escorial, en las cercanías de Madrid.
        Y es que el fusilamiento de José Antonio se cargaba injustamente a un pueblo que no era responsable del hecho y sobre esta ciudad y sus habitantes cayó el anatema fascista del ideólogo del Régimen, Ernesto Giménez Caballero, quién, desde los micrófonos de Radio Alicante pronunció una soflama apocalíptica : “... De todas las ciudades de España, fuiste tú, Alicante, la de mayor pecado y tú has de ser la que mayor servicio, abnegación y fervor has de ofrecer al Caudillo... Y sólo así, podrás levantarte de tu caída.”

        En noviembre de 1939 se organizó la increíble procesión funeral en la cual, a hombros de falangistas, los despojos del Fundador fueron trasladados desde Alicante hasta El Escorial (unos 400 Kilómetros). Así, el 19 de noviembre el arcón que contenía los restos de José Antonio fué depositado en la Colegiata de San Nicolás, custodiado por miembros de la centuria falangista "Ramón Laguna". Al amanecer del día 20, que fué proclamada fecha de luto nacional, se procedió al traslado de los restos del Profeta.
La comitiva partió desde San Nicolás hacia la Explanada, mientras, desde lo alto de los castillos de Santa Bárbara y San Fernando, flameaban grandes hogueras y siendo cubierto todo el itinerario, con absoluto silencio lleno de respeto, por banderas de la Falange con el escudo del Yugo y las Flechas e inscripciones en las paredes, con grandes letras negras, de JOSÉ ANTONIO ¡PRESENTE!

        Ese mismo día, Server y Moisés siguieron la retransmisión radiofónica del solemne acto. Curiosamente, los hombros de Moisés no cesaban de subir y bajar. El bar de Moisés lucía crespones negros en la puerta y las ventanas.
        Día y noche, sin que el féretro  roce por un momento la tierra, a hombros de falangistas, con relevos constantes, la comitiva funeraria fué avanzando hacia Madrid, seguida por una muchedumbre acongojada que, por las noches, alumbraba el camino con antorchas.
        En algunos tramos del entierro, el camino fue alfombrado con flores arrojadas desde el aire. Los campesinos se arrodillaban y se santiguaban al paso del arca funeraria y muchos lloraban desconsolados.
        Fue una procesión que no tenía nada que envidiar al relato medieval del entierro de Felipe “el Hermoso”, por orden de su viuda " Juana la loca" desde Brujas hasta Granada.

        El día 20 de noviembre fue declarado “Día del dolor” y Alicante fué centro de reunión de los sectores más duros del Régimen.
        Se seguía el siguiente ritual: lección política en un cine de la ciudad engalanado con crespones negros, seguida de la proyección de la película: “¡PRESENTE!”, funeral en San Nicolás, marcha de antorchas y turnos de guardia en el patio del la prisión donde fue fusilado José Antonio. Se declaró “luto riguroso” en toda la ciudad, incluso se llegó a prohibir el tránsito rodado.
        Con toda la parafernalia posible, el féretro llegó al Monasterio de El Escorial, donde fué enterrado al pie del altar mayor, a poca distancia de la cripta donde reposan los reyes de España. ¡No podía esperarse un lugar más apropiado para el descanso del Ausente!
        Sin embargo, cuando en la primavera de 1954 se terminó de construir el Valle de los Caídos, los restos  mortales de José Antonio fueron trasladados, con gran ceremonia hasta la basílica de la necrópolis, donde esperó durante dieciséis años la llegada del cadáver de Franco, cuya agonía prolongaron los médicos, según algunos historiadores, para hacer coincidir la fecha de su muerte con la del Fundador. ¡Ironías de la vida! Dos hombres que se odiaban en vida habían ido a reposar juntos a una necrópolis construida con el esfuerzo y a veces con la vida de los presos políticos, obligados a trabajar en condiciones infrahumanas para redimir sus culpas.

        EPÍLOGO

        Carta abierta al director del diario INFORMACION de Alicante.

          Muy Sr. Mío: las líneas que vienen a continuación tienen como finalidad descubrir un engaño que se ha mantenido hasta ahora y que considero el momento de sacar a la luz.
          Aunque actualmente estoy jubilado, le escribo como conserje que he sido, hasta hace poco tiempo, del Cementerio Municipal Nuestra Señora del Remedio, de Alicante.
          Cuando en 1936 falleció mi hija Carín, las tropas de Franco se habían sublevado en Africa con ayuda de la Falange de José Antonio.
          Mi hija, señor director, era una chica humilde pero era la alegría de mi casa. Tuvo la desgracia de enamorarse de un falangista que la dejó embarazada, huyendo y escondiéndose cobardemente de ella tan pronto estalló la guerra.
          Más tarde, fué mi mujer, María, la que murió en el horrible bombardeo del Mercado por la aviación franquista.
          Comprenderá Ud. señor director, mi odio hacia todo lo que representa la Falange y el franquismo.
          El día 20 de Noviembre de 1936 trajeron al cementerio los restos de José Antonio que había sido fusilado esa misma mañana. Fué sepultado en una fosa común, junto con los otro cuatro fusilados ese mismo día.
          Unos días más tarde el cadáver de un conocido borrachín de Alicante, el negro Yoma, vino a dar con sus huesos a este cementerio. Mandé que fuese enterrado en la misma fosa donde reposaban los restos de José Antonio. Esa misma noche, con ayuda de mi amigo Moisés, sin que nadie más pudiera vernos, sacamos de la fosa el cuerpo de José Antonio y el del negro Yoma. Vestimos al negro con el mono azul y la chaqueta gris de José Antonio, teniendo buen cuidado de colocar en sus ropas las medallas y el crucifijo que llevaba prendido en su cuerpo. A José Antonio lo vestimos con los harapos del borrachín. Después, colocamos a José Antonio en el hueco que había dejado el negro Yoma y a éste en la misma posición y lugar donde había estado el cadáver de José Antonio.
          No sabíamos, en ese momento, la repercusión que iba a tener nuestra broma macabra pero, cuando los rebeldes entraron en Alicante y vinieron al cementerio en busca de los restos del Ausente, decidí continuar con el engaño y confiar en que, con el paso del  tiempo, los cadáveres se hubieran hecho irreconocibles. En efecto, las autoridades falangistas "identificaron" los restos de José Antonio: sus medallas, su crucifijo, la "forma tan peculiar del cráneo"...  Pasé un momento de verdadero pánico cuando se fijaron en que la mano derecha del cadáver estaba intacta, aunque negra, pero ellos interpretaron que era la mano del Fundador momificada (como el brazo de Santa Teresa).        
El resto de la historia es conocido por usted: el traslado hasta El Escorial y luego al Valle de los Caídos de los restos mortales del negro Yoma, a quien se le rindieron homenajes propios de un héroe ó de un santo, mientras mi amigo Moisés movía arriba y abajo sus hombros con una risa incontrolada.
          Muerto mi amigo Moisés, no querría desaparecer de este mundo sin revelar este secreto del que usted puede hacer uso según crea. No tengo que pedir perdón a nadie por este hecho que considero de toda justicia y una reparación al daño que se  me ha causado en esta vida.


 Atentamente: Firmado: ANTONIO SERVER TORRES
 Ex-conserje del Cementerio Municipal
 Nuestra Sra. del Remedio, de Alicante.

                              Manuel Palazón Oncina